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Las voces detrás de la violencia: una perspectiva desde la mirada de nuestros niños

Por Rosario Martínez.


En la vorágine de la cotidianidad, escuchamos una frase que resuena poderosamente: "Los enfermos no son ellos, somos nosotros". Esta contundente afirmación pone de relieve una cruda realidad que, como adultos, a menudo pasamos por alto. Nuestros días transcurren inmersos en un constante bombardeo de hechos violentos, que, aunque nos parezca paradójico, nos hemos acostumbrado a presenciar. Imágenes sangrientas, actos crueles e incluso escenas diabólicas inundan nuestros medios, y todo ello no ocurre en un vacío. Sin embargo, en este trajín, nuestros niños observan en silencio y absorben más de lo que imaginamos, internalizando la violencia que caracteriza nuestra realidad.


En un mundo donde prevalece la omnipresencia de la violencia, cabe preguntarnos: ¿cómo la perciben los ojos jóvenes? ¿Hemos considerado si el contenido al que están expuestos es apropiado para su desarrollo? ¿Alguna vez nos hemos detenido a investigar el origen de sus miedos?


Recientemente, un episodio me dejó reflexionando. Un niño compartió su temor a asistir al cine para ver la próxima película taquillera. Su preocupación radicaba en la publicidad de otras cintas, diseñadas para un público adulto y que, paradójicamente, son aquellas que nos cautivan. Este testimonio nos hace cuestionarnos la dinámica actual: el mundo parece girar en torno a nosotros, relegando a los niños, a las niñas y a quienes poseen habilidades especiales a meros acompañantes de este relato.


El mundo parece girar en torno a nosotros, relegando a los niños, a las niñas y a quienes poseen habilidades especiales a meros acompañantes de este relato.


Es fundamental reconocer que, en este gran teatro de la vida, no somos los protagonistas principales. Ese honor recae sobre los hombros de nuestros jóvenes, cuya infancia y futuro merecen una atención más dedicada. Es hora de enmendar nuestra perspectiva errada. Nuestra sociedad precisa un cambio radical en su enfoque, y la responsabilidad recae en nosotros, en tanto que ciudadanos comprometidos y en el ámbito de las políticas públicas.


La protección de la infancia debe convertirse en una prioridad inquebrantable, tal como poéticamente se plantea en nuestra ley de garantías. La urgencia de esta acción no puede ser subestimada, ya que nuestros hijos encarnan la esperanza de una sociedad mejor y más resiliente. Nuestro deber es trabajar incansablemente para forjar un entorno donde puedan florecer sin el peso aplastante de una realidad violenta. En ese esfuerzo, radica la auténtica esencia de la política pública: configurar un mundo más seguro, humano y prometedor para las generaciones venideras.


La urgencia de esta acción no puede ser subestimada, ya que nuestros hijos encarnan la esperanza de una sociedad mejor y más resiliente.

En conclusión, el llamado es claro y apremiante: debemos reformular nuestra perspectiva y acciones para garantizar un presente y futuro saludable para nuestros niños. La violencia que permea nuestra sociedad no debe definir su realidad. El camino hacia un cambio significativo comienza por nosotros, quienes debemos redirigir el foco hacia aquellos que representan la esperanza de una sociedad transformada. Solo entonces habremos comprendido que, al contrario de lo que afirmamos al inicio, la verdadera dolencia no reposa en ellos, sino en nuestra percepción distorsionada y nuestras omisiones.


Rosario Martínez Marín

Socióloga y ex directora nacional del Sename

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